Adicta a la adicción

ELZABETH LÓPEZ /

      -¿Dónde estabas?

-Por ahí.

-¿Dónde es por ahí?

-No lo sé.

-No se puede estar en un lugar y no saberlo.

Y la conversación terminaba con un portazo y él yéndose sin saber cuando volvería. Así llevaban las tres últimas semanas desde que él dejó de confiar en ella. Abatida e impotente golpeaba todo lo que encontraba a su paso para descargar su rabia. Lo maldijo, lo odió y terminó por compadecerse de si misma. Se dejó caer en el suelo y hundió su linda carita de muñeca de porcelana entre sus manos. Sus hermosos ojos azules empezaron a secarse cristalizando cada una de sus lágrimas, sus labios con forma de corazón se endurecieron apareciendo en ellos pequeñas arrugas. –Feliz día de los enamorados-. Se dijo. Dio una paseo por el sendero de la memoria, recordó aquellos días en los que eran felices, cuando a él no le importaba su problema, como solía llamarlo. Salían cada viernes después de una larga semana de duro trabajo y bebían hasta que el dueño del bar los invitaba a marcharse. Divertidos llegaban a casa y se quitaban la ropa con manos torpes para tener sexo salvaje, donde hacían miles de cosas incapaces de hacer cuando estaban sobrios. Pero ella, hija de madre depresiva y padre ausente, tenía cierta tendencia a sentirse infeliz, nada llenaba ese vacío inconsolable que la acompañaba desde siempre. Su amiga imaginaria, su confidente, su hermana siamesa que iba pegada a ella. –Yo y mi pena-. Pensaba. Hasta que una mañana descubrió que algo podía ayudarla a combatir a su amiga la pena, que la ahuyentaba y le devolvía las riendas de su vida.

Sentada en medio de la nada se sentía incomprendida, le había prometido que no volvería a pasar. Ella controlaba, podía parar en cualquier momento. Desde aquella fatídica noche en la que la policía la encontró inconciente en algún lugar que no recordaba con varias magulladuras le prometió que no volvería a hacerlo. Además le preocupaban las lagunas que la atormentaban después de la resaca, aunque cuando despertaba en camas de desconocidos, bebedores sociales que la habrían acompañado entre copa y copa, agradecía esas lagunas.

Sintió el deseo de hacerlo, se contuvo. No por ella, si no por él. Respiró hondo e intentó visualizar algo hermoso, como le había aconsejado su terapeuta, al que sólo había ido una vez. Pero el deseo la invadía y una pequeña voz le decía, -sólo una, una nada más-. Su corazón empezó a palpitar con velocidad, en su frente comenzaban a aparecer brillos provocados por el sudor, temblaba. –Por una no le hago daño a nadie-. Se convencía. Corrió a su cuarto y abrió su armario, busco en los bolsillos de las chaquetas de invierno, pero no encontró nada. Empezaba a ponerse furiosa, recordó que él se lo había tirado todo el día que las descubrió. Siguió buscando, en los armarios, dentro de las botas de invierno…cuando recordó que una vez había llenado una botella de lejía con vodka para situaciones de emergencia y esta lo requería. Bajó los escalones de dos en dos, entró en la cocina y abrió la despensa de los productos de limpieza. Allí estaba, abrió la botella y dio un largo trago. Sintió el calor del vodka bajando por su garganta y calentando su estómago. Su corazón volvió a latir con normalidad, y se sintió feliz, plena y fuerte. Había ahuyentado a su amiga la pena una vez más.

            Despertó aturdida no reconocía el lugar. Sus ojos intentaron adaptarse a la luz. Quiso levantarse pero le dolía demasiado el cuerpo, tenía la boca pastosa. Intentó darse la vuelta pero no podía. Una mujer vestida de blanco le inyectó algo. Pánico, dónde estaba, qué había ocurrido. Con dificultad consiguió preguntarle a la mujer de blanco.

-Estás en el hospital, llevas tres días inconciente.

-¿En el hospital? Pensó en Eric, estaría furioso, le había prometido que no volvería a ocurrir. Tal vez no estaba allí por causa del alcohol, quizá fuera otro el motivo. Vio a Eric apoyado en el marco de la puerta.

-¿Qué tal te encuentras? Su voz sonaba tan seca que le había cortado la respiración al aire.

-Bien, qué ha ocurrido. No estaba segura de querer saberlo, pero era mejor acabar cuanto antes con la duda.

-Quieres qué te cuente qué ha ocurrido. Es muy sencillo otra vez has vuelto a traicionar mi confianza, pero esta vez has ido demasiado lejos. Te emborrachaste, cogiste el coche y tuviste un accidente, invadiste el carril y chocaste contra otro coche. El matrimonio que iba dentro ya ha recibido el alta, pero tú…

-Yo qué. Preguntó mientras se ahogaba con su propio llanto.

-Tú te has quedado inválida.

Lloró hasta desgarrarse el alma, quiso correr, correr lejos, pero no podía moverse, ya nunca podría volver a hacerlo. Su amiga la pena le acariciaba la cabeza e intentaba consolarla susurrándole que nunca la abandonaría.

-Esta vez has ido demasiado lejos. Estas enferma. Intenté ayudarte pero me mentiste, pensé que nuestro amor podría con todo pero veo que no.

-Eric, si me emborraché fue porque estaba mal, te fuiste de casa…

-No, no lo intentes, no me vas a hacer sentir culpable. Siempre has bebido, nunca eras demasiado feliz. Lo peor de todo es que sí lo eras, lo tenía todo para serlo. Simplemente tendrías que haberte subido al barco de la felicidad y recorrer a mi lado los mares del amor y la dicha. Pero decidiste quedarte en tu barca y navegar a la deriva. Tu madre viene en camino y yo…

-Tú qué Eric, tú qué.

-Yo despareceré un tiempo de tu vida, tal vez como me dijiste en varias ocasiones sea la causa de tu desdicha.

-Eric no…lanzó un grito ahogado, pero él ya no estaba en el marco de la puerta. Lloró y deseó tener una copa con la que sanar su angustia. Pero él tenía razón, estaba enferma y enfermaba todo lo que tocaba. Mejor así, sola no podía hacerle daño a nadie.

Caminaba por la calle con las manos en los bolsillos y la cara empapada en lágrimas, no miraba hacia atrás porque si lo hacía correría a cuidarla. Había tomado la decisión acertada, se alejaría un tiempo, ella necesitaba madurar. Pero volvería, la amaba demasiado y eso nunca cambiaría.

Dejar una Respuesta

Spam protection by WP Captcha-Free

Galería de Fotos