Era la sobremesa de un sábado y yo, tras una comilona que hacen época, ojeaba un libro en la terraza con una copa de licor cargadita de hielo. Como cada fin de semana había olvidado el teléfono móvil o por lo menos era mi intención, sin embargo, por deformación profesiona,l de vez en cuando le echaba un vistazo por si acaso. Ese día, ese vistazo se tradujo en quince llamadas perdidas y supe que algo chungo había pasado. Mi jefe de sección en ese momento, en el periódico de ese momento, me dice: “un niño de Vecindario ha desaparecido, mira a ver qué pasa”. Recuerdo paso a paso lo que hice, no encontré la libreta y llevé un bloc de notas pequeño y un boli que casi no escribía, por el camino llamaba a mis ’contactos’ para que me dijeran a dónde debía ir y al entrar en Los Llanos ya no necesité más orientación. Centenares de personas se agolpaban en una calle céntrica por donde yo había pasado miles de veces, algunos lloraban y otros simplemente acompañaban. A lo lejos la vi. Con la cara desencajada, los ojos rojos y su característica melena rubio platino con un bebé en brazos de apenas unos meses, arropada por sus padres. Supe que estaba ante uno de los momentos más difíciles de mi profesión, pero como a todos en ese momento, estaba convencida de que la pesadilla acabaría pronto, no sabía si bien o mal pero pronto.
La joven frágil del bebé en los brazos, madre del pequeño desaparecido mi miró y me dijo su primera frase, todavía hoy apuntada en el bloc de notas con el boli casi gastado. “Yo sé que va a volver pero ya están tardando mucho en traérmelo”. Habían pasado apenas seis horas desde la desaparición del pequeño Yeri, como lo llamaban en su casa. Hoy ya han pasado tres años desde ese 10 de marzo del 2007.
Si en ese momento para mí Yeremi era (texto oficial: niño desaparecido de siete años con gafas y jersey verde), en la actualidad es algo más. A Yeremi le gusta levantarse temprano para jugar con sus abuelos, con gesto pícaro y una mancha roja de nacimiento en el pecho es puro terremoto que a veces lo frena el asma que padece, aficionado a los quard, a la película Eté y a los cuentos que su madre Ithaisa le contaba antes de dormir.
Sé cómo le gusta tomar el café a su abuelo José y cómo se parece a su tío Gilberto. El bebé que llevaba la chica frágil en los brazos es hoy todo un hombrecito que me abraza y me llena de besos cada vez que me ve y me llama por mi nombre. Viví con esa familia la angustia de las primeras semanas y compartí con compañeros de profesión lágrimas mientras sosteníamos las grabadoras que registraban un sufrimiento que aún pervive a pesar de la obligada serenidad.


La joven frágil de melena rubia




